lunes, 4 de julio de 2016
CAPITULO 19 (PRIMERA PARTE)
Paula pensó en reír, a sabiendas de que estaba bromeando con ella sobre su ropa interior de algodón, pero cuando la boca de Pedro se enganchó a su pezón, se dio por perdida.
Ya no era posible pronunciar palabra y lo único en lo que podía pensar era en quitarle la ropa para poder tocarlo.
La corbata suponía un problema, pero decidió ignorarla y centrarse en desabrocharle los botones. Cuando por fin hubo desabrochado varios, sus dedos se sumergieron y se extendieron bajo la tela. Suspiró cerrando los ojos mientras volvía a explorar su piel una vez más.
Pedro gimió al sentir sus dedos suaves, vacilantes. Incorporándose, se arrancó la ropa de cuajo, observándola mientras ella se ponía de rodillas sobre la cama. Cuando se desnudó, volvió a cogerla de las manos, estirando sus dedos. Le encantaba la manera en que lo tocaba.
—Mujer, llevas demasiada ropa —le dijo desgarrando la tela de algodón con los dedos. Tenía demasiada prisa como para tomarse unos segundos más para quitársela.
—Mejor —dijo cuando estaba desnuda frente a sus ojos centelleantes.
Levantándola, volvió a echarla sobre la cama. —Llevo pensando en hacer esto desde la última vez que te saboreé —le dijo levantando sus piernas, recorriendo el interior de su muslo a besos.
Paula quería reír, encantada de que la deseara con tanta urgencia como sentía ella, pero su boca y sus manos bloqueaban su habilidad para hacerlo. Cuando la boca de Pedro cubrió su entrepierna con los labios, Paula exhaló un grito mientras se arqueaba en su boca. Quería saborear aquel placer, experimentar el hacer el amor con Pedro tanto como fuera posible, pero cuando la tocaba no podía resistirse. Él tenía el control y sabía exactamente cómo tocarla, dónde tocarla para hacerla gritar y estallar.
—Eres mía —le dijo cuando su cuerpo dejo de estremecerse—. ¿Lo entiendes, Paula? —espetó. Pero no le dio oportunidad de responder. Cubrió su boca con un beso que hizo que le diera vueltas la cabeza.
Pedro apartó su boca de la de Paula y sacudió la cabeza, tratando de despejarse de alguna manera.
—No me puedo contener, Paula—dijo casi a modo de disculpa mientras deslizaba las manos por su cuerpo—. Déjame entrar, amor —dijo mimosamente, tanteando más abajo con su miembro duro. Cuando ella suspiró y se levantó para él, este se deslizó fácilmente en su entrepierna—. ¡Joder, te sientes increíble!
Cuando los dedos de Paula descendieron por su pecho, estuvo a punto de perder el control en ese instante. Le encantaba la manera en que lo tocaba y nunca había perdido el control así. Si no lo hiciera sentir tan bien, se resentiría con ella por sus reacciones indisciplinadas. En lugar de eso, se inclinó más cerca animándola a que siguiera tocándolo.
En el momento en Paula se incorporó y lo besó en el centro del pecho, no pudo resistirse más. Empujando hacia su interior, bajó la mano y la ayudó a llegar al clímax. Habría respirado aliviado cuando se estrechó en torno a él, gritando su nombre, pero estaba demasiado ocupado disfrutando de su propio orgasmo como para hacer nada más que sujetarla tan suavemente como podía.
Cuando recobró la respiración y consiguió volver a enfocar los ojos, se desplomó contra el colchón, atrayéndola hacia sí. Mientras observaba el techo, se preguntaba sobre su incapacidad de controlarse alrededor de aquella mujer.
¿Qué tenía que lo hacía volverse loco con la necesidad de poseerla, de llevarla tan cerca del borde del deseo antes de verla caer por el acantilado? Estaba tan guapa cuando
gritó su nombre. Todo su cuerpo se arqueó contra el suyo, tirando de él hacia lo más profundo y llevándoselo con ella.
Entonces, al agitarse el vello en su pecho con el suspiro de felicidad de Paula, se dio cuenta de que no le importaba por qué lo hacía, o cómo. Se giró sobre ella para volver a empezar todo el proceso, decidido a aceptar que aquella mujer podía bloquear su autocontrol como nadie más había podido hacerlo nunca.
Y se aseguraría de que ella estuviera tan fuera de control como él.
CAPITULO 18 (PRIMERA PARTE)
Pedro miró de Paula a Patricia. La sorpresa crecía en sus hermosas facciones.
—Sabía que erais tres y que erais trillizas, pero no estaba preparado para el parecido.
Ambas hermanas se rieron porque estaban acostumbradas a esa reacción.
Era normal para ellas, pero para la gente que no había pasado mucho tiempo con la familia, resultaba un poco desconcertante.
—Lo sé. Es difícil acostumbrarse —contestó Paula. Cogió la bolsa que sujetaba su hermana—. Vale, gracias por la ropa. Ahora te veo en la cocina.
Patricia sabía exactamente lo que su hermana estaba intentando hacer y estaba absolutamente de acuerdo.
—Vale. Bueno —dijo dando varios pasos atrás, aún sonriente y mirando de hito en hito al hombre enorme que todavía no había apartado las manos de su hermana, ruborizada como una rosa—. Paola y yo lo tenemos todo bajo control. Probablemente tienes mucho trabajo que hacer aquí, así que tómate tu tiempo y nos vemos… —hizo una pausa y se ensanchó su sonrisa —¡bueno, nos vemos cuando nos veamos! —Diciendo adiós con un leve gesto de la mano y una carcajada de entusiasmo, se volvió sobre sus talones y se apresuró a salir por la puerta.
Paula no podía creerse lo que su hermana acababa de insinuar. Alzando la vista con nerviosismo, se percató de que Pedro ahora miraba hacia la puerta con una expresión curiosa, como si acabara de ver un lindo torbellino y no terminara de entenderlo. «Esa es Patricia», pensó Paula.
Paola estaba un poco más centrada, mientras que Patricia era franca, excitante y llena de energía. Paula siempre había pensado que era intrépida.
Cuando se hizo el silencio otra vez, Pedro por fin retiró los ojos de la entrada vacía y bajó la vista hacia Paula.
—¿Quieres probarte esa lencería sexy? —ofreció, con el labio torcido en un gesto que Paula sospechaba era de diversión.
Paula se mordió el labio y apretó la cara contra su pecho.
—Te prometo que no le pedí que hiciera eso.
—¿Por qué no? —preguntó él, disfrutando con su bochorno. Realmente era una monada. Excepto si estaba en sus brazos. Entonces era la mujer más atractiva que jamás hubiera abrazado.
—Porque… —bueno, no tenía ninguna explicación—. ¿Por qué no salimos a hablar con el contratista? —sugirió, desesperada por cambiar de tema.
—Vale. Pero voy a verte con esa lencería —le prometió con un suave abrazo —. Así que prepárate para eso. —Le rodeó la cintura con el brazo y la guió de vuelta a la salida. Seguía sorprendido por la manera tan intensa en que la había necesitado. Y ella se había arrojado entre sus brazos, dándole tanto como pedía.
Incluso estaba sorprendido de lo atractiva que estaba con aquel Atuendo. Tal vez fuera algo sobre los tesoros ocultos debajo. No tenía ni idea. Lo único que sabía es que le
gustaba. También le gustaba que hubiera querido arreglarse para él.
Después de darle un apretón de manos al contratista, siguió a Paula mientras la escuchaba describir lo que quería. En ocasiones, él añadía sugerencias que eran sorprendentemente buenas, pero la mayor parte del tiempo se limitó a seguirlos a ella y a Tom asintiendo mientras ella explicaba sus peticiones.
Una hora después, Tom les estrechó la mano asintiendo entusiasmado.
—Estas son muy buenas ideas, Sra. Alfonso —dijo—. Mañana tendré aquí a una cuadrilla a las ocho en punto para empezar con los ajustes. Yo también vendré para supervisarlo todo. No tendrá que preocuparse de nada más que de empaquetar todas sus cosas en un sitio y yo me aseguraré de mantenerla informada de nuestros progresos.
—¿Cuánto tiempo va a llevar? —preguntó, estrujándose las manos a la expectativa de que le respondiera seis meses mientras trataba de pensar dónde podrían trabajar sus hermanas durante las obras.
Tom echó un vistazo a sus notas, rascándose la cabeza ligeramente antes de volver a subir la mirada hacia ella.
—Terminaremos para el martes a última hora, señora —le aseguró.
Paula observó al hombre boquiabierta, asombrada e incrédula.
—¿Tres días? —dijo entrecortadamente—. ¡Es imposible que terminéis todo en tres días, incluyendo las inspecciones!
—Lo hará —le aseguró Pedro. Estrechó la mano a Tom en señal de despedida y tiró de ella hacia la estancia principal—. Tienes buenas ideas. Estoy impresionado.
Paula lo miró nerviosa. Ahora que se habían quedado solos, el beso que habían compartido antes le volvió a la mente. Se le pusieron los nervios de punta con la mirada que le estaba lanzando.
—Mis hermanas son muy creativas. Ellas tuvieron la mayor parte de las ideas.
Pedro levantó una ceja, sorprendido de que diera el crédito a otra persona. Él solía estar rodeado de gente que buscaba robar ideas, competir y demostrarle que eran los mandamases. Otro atributo refrescante. Algo parecido al orgullo hizo que se le hinchara el pecho al darse cuenta de que esa era su mujer. Todo el atractivo adorable que había bajo ese peto era suyo.
—Lo dudo —dijo seriamente, su voz ronca mientras caminaba hacia ella.
Ella retrocedió con cada paso que él dio hacia delante, levantando la mirada hacia él y leyéndole las intenciones en los ojos. No era que ella no tuviera las mismas intenciones. Aunque tal vez intenciones fuera la palabra equivocada.
Esperanza. Sí, esperaba que pretendiera hacerle el amor.
Sabía que aquello estaba mal. Estaban casados temporalmente y todavía no sabían casi nada el uno del otro.
Aún no entendía por qué la había abandonado sin un mensaje o sin una llamada durante tanto tiempo después de la última vez que había estado con ella.
Sin embargo, recordaba sus palabras al teléfono sobre venir a verla al llegar volando desde Nueva York.
—¿Ha sido difícil el vuelo? —preguntó.
Pedro detuvo su impulso hacia delante con esa pregunta.
—¿Difícil? —preguntó, sin estar seguro de qué quería decir con eso—. No. Simplemente le dije a mi piloto que diera la vuelta y se dirigiera hacia el aeropuerto de Dulles.
Lo miró extrañada.
—¿Que diera la vuelta? —preguntó—. ¿Quieres decir que no venías hacia aquí? —preguntó, intentando aclarar a qué se refería.
—No. Estaba de camino a San Francisco desde Nueva York —le dijo secamente. Todavía le fastidiaba haber cambiado sus planes nada más despegar simplemente porque estaba preocupado de que necesitara ayuda. Bueno, e irritado porque no le hubiera pedido ayuda a su asistente. Si lo hubiera hecho, para entonces ya estaría sobrevolando Idaho.
Paula casi se atragantó con la idea.
—¿Estabas volando a San Francisco y diste media vuelta? —Entonces, cayó en la cuenta de algo que había dicho—. ¿Y a qué te refieres con eso de «mi piloto»?
—Sacudió la cabeza, sintiéndose un poco entumecida por todas partes—. Por favor, dime que no eres dueño del estúpido avión, ¿verdad?
Pedro levantó una ceja y dijo:
—Yo no lo considero un avión estúpido. Es de última generación y puede hacer vuelos transatlánticos con comodidad.
Paula lo miró fijamente con los ojos como platos. Le costaba comprender tanta riqueza. Recordaba algo de un avión privado para su uso personal, pero aún no tenía sentido para ella.
A Pedro no le gustaba hablar de eso con ella. Por alguna razón, la hacía sentirse incómoda y él no quería que se sintiera así. No mientras él estuviera alrededor, ni cuando se fuera. Nunca. Quería protegerla, una reacción nueva y extraña a la que estaba empezando a acostumbrarse.
Decidió que había que cambiar de tema y la miró, sorprendentemente sexy. Tal vez no fuera sorprendente que pensara que era sexy. Desde luego que le daba fácil acceso a su piel. El tejido vaquero holgado no suponía un obstáculo para sus manos y eso le gustaba.
—¿Qué decía antes tu hermana de ese conjunto de lencería sexy? —preguntó para distraerla del asunto del avión y del piloto. De inmediato, sus ojos pasaron del primer tema y se centraron en lo que él prefería discutir. Incluso estaba disfrutando del suave color rosa que bañaba sus mejillas.
Paula sintió el rubor y deseó ser más sofisticada, más capaz de lidiar con el deseo que la embargaba cada vez que él estaba cerca.
—¿Qué tal si olvidas que mi hermana ha dicho eso y yo olvido el tema de cambiar el curso del vuelo?
Él se rio por lo bajo.
—Nunca —le dijo y la levantó en brazos. Alzándola más alto, la beso mientras subía las escaleras. Paula estaba totalmente de acuerdo con sus planes, e incluso rodeó su cintura con las piernas para ayudarle a cumplir su misión más rápido.
—Puedo andar —le dijo cuando su boca se aseguró contra su cuello haciendo que ella temblara y se acercara aún más entre risitas.
—Yo te llevo más rápido —argumentó él empujando con el hombro la puerta del apartamento que sabía que tenía una cama grande y cómoda. Echándola en el centro, se tendió sobre ella. Sus ojos sacaban a relucir sus intenciones—. Bueno, ¿dónde está esa lencería sexy? —preguntó mientras sus manos volvían a deslizarse bajo la camiseta de Paula.
Paula jadeó y se arqueó entre las manos de Pedro, sonriendo, o intentándolo, mientras una nueva punzada de placer la atravesaba.
—Hum… —pensó frenéticamente—. Creo que está en el almacén.
Él rio por lo bajo y abrió la camisa con un latigazo de la tira.
—¿No estás segura? —preguntó bajándoselo. Una ola de lujuria lo arrolló cuando Paula elevó las caderas para permitirle quitarle el material con más facilidad.
Al bajar la mirada hacia ella, se sorprendió al darse cuenta de que la ropa interior blanca y lisa que llevaba era muy sexy en ese momento.
—Supongo que esto tendrá que servir —le dijo enganchándose a su pecho con la boca y apartando la tela con los dientes.
domingo, 3 de julio de 2016
CAPITULO 17 (PRIMERA PARTE)
Al día siguiente, Paula estaba de pie en medio de su nuevo espacio. Llevaba un pantalon holgado, una camiseta que sin duda había visto tiempos mejores y el pelo recogido en una cola de caballo. Mirando a su alrededor, empezó a anotar todos los asuntos que necesitaba solucionar. Espacio para el congelador nuevo; probablemente cambiar el cableado eléctrico; sus fogones servirían por el momento, pero tendría que investigar sobre modelos más grandes cuando el negocio empezara a rodar… ¿o era mejor hacerlo todo ahora y así evitar interrupciones a su trabajo más adelante?
Tendría que verificarlo con el banco y ver su situación de flujo de efectivo. Normalmente sabía exactamente cuánto había en la cuenta en un día cualquiera, pero últimamente no había tenido tiempo de prestar atención a esos detalles.
«¡Santo cielo!». Escaparate nuevo, limpiar, limpiar los suministros, las estanterías, las zonas de almacenamiento… la lista era abrumadora.
Sonó su teléfono móvil y Paula respondió sin pensar, aliviada de tener algo en lo que centrarse que no fueran los problemas que tenía que solucionar en tan poco tiempo.
—¿Hola? —dijo.
Pedro dudó, oyendo algo en la voz de Paula que no le gustaba.
—Paula, ¿qué ocurre?
Paula respiró hondo.
—Nada, Pedro —respondió, pensando de inmediato cuánto deseaba que le hiciera perder la cabeza y le hiciera el amor otra vez. Mala idea. Sobre todo porque él mantenía las distancias últimamente. Había captado el mensaje alto y claro de que él estaba bien con una sola noche juntos—. Estoy nerviosa con el sitio nuevo —dijo, mordiéndose el labio mientras levantaba miraba hacia el techo, intentando averiguar cómo instalar un sistema de ventilación que fuera adecuado para fogones más grandes. Suspiró y se masajeó la frente. Los problemas se le acumulaban y sentía pánico.
Era posible que Pedro no conociera bien a aquella mujercita, pero oyó la ansiedad en su voz y supo que algo andaba muy mal.
—Todavía no te has puesto en contacto con mi asistente para darle la lista de cosas que necesitas solucionar. —¿Por qué no aceptaba su ayuda? «¡Maldita sea!».
¡Era su mujer! ¡Necesitaba aceptarlo y empezar a utilizar sus recursos!
Paula oyó su voz grave y enfadada y tuvo que concentrarse en lo que estaba diciendo, en lugar de las fantasías que se arremolinaban en su cabeza. No le había perdonado por ignorarla. Especialmente cuando había dicho que se pondría en contacto con ella cuando volviera por allí y estuvo dos días de vuelta antes de molestarse en llamarla. Eso le decía todo lo que necesitaba saber sobre su relación.
Y no era nada bueno.
No, ella no era tan fácil. Una voz profunda y un tono preocupado no iban a borrar de un plumazo sus sentimientos heridos por haberla ignorado.
Sacudiendo la cabeza, se concentró otra vez.
—Tu asistente —repitió—. No estoy segura de lo que le diría a un asistente —explicó con sinceridad—. Normalmente soy yo a quien acude todo el mundo para resolver sus problemas. Irle a alguien con los asuntos que tengo que solucionar puede ser un poco problemático para mí.
Pedro casi se echó a reír, pero se contuvo. Ni siquiera estaba seguro de qué era lo que le parecía tan gracioso. Tal vez sólo se debiera a que su mujer, independientemente de lo inteligente y creativa que pudiera ser, estuviera intentando
hacerlo todo sola. Quizás fuera brillante para el marketing y para dirigir un negocio, pero estaba seguro de que no sabía lo suficiente sobre construcción como para averiguar todos los detalles necesarios para poner al día un espacio de cocina según las normativas. Mandó un mensaje a su asistente, presionando la tecla enviar antes de decir:
—Voy a enviar a un contratista general, Paula. Estará allí en treinta minutos. Tienes que darle una lista de todos los cambios que necesitáis llevar a cabo en las cocinas nuevas y en los apartamentos, e incluso en el exterior de la casa. No
olvides hacer que revise todos los apartamentos y el patio trasero, y asegúrate de que todo funciona perfectamente. —Hizo una pausa momentánea—. Paula, no vas a hacer nada de eso tú sola, ¿entendido?
Paula se rio ante su tono de voz severo.
—Sí, señor —replicó de broma.
Lo oyó suspirar.
—Te lo digo en serio, Paula. Haces negocios para hacer dinero. La empresa de Mike quiere apartarte de su camino, haz que pague las molestias.
Le gustaba cómo sonaba aquello. Hacía que pedir ayuda fuera mucho más sencillo. Sus palabras, y la idea de que un contratista fuera a ayudarla resolverlo todo eliminaba su estrés. Sonrió, estiró los hombros y dijo:
—Vale. Me has convencido. ¿Dices que el contratista viene en treinta minutos?— Sí. Y yo llegaré dentro de tres cuartos de hora para asegurarme de que le des suficiente trabajo y no intentes guardarte nada para ti.
La sonrisa de Paula se desvaneció con ese comentario. ¿Iba a ir allí? ¿A sus nuevas instalaciones?
—¿Estás en el centro? —Un entusiasmo tonto le atravesó el cuerpo. Le irritaba que su cuerpo hubiera empezado a temblar a la expectativa.
—Estoy volando desde Nueva York. Te veo en tres cuartos de hora.
Un rayito de felicidad se apoderó de ella al colgar el teléfono móvil y meterlo en el bolsillo del pantalon. ¿Iba a ir allí? No iba a volar allí solo para verla, lo sabía, pero aun así la hacía sentir maravillosamente saber que iba a ir a verla.
Entonces se miró la ropa y se quedó sin respiración.
—¡No! —dijo al espacio vacío volviendo a sacar el teléfono del bolsillo—. ¿Pato? ¡Te necesito! —dijo con urgencia tan pronto como su hermana descolgó el teléfono—. ¡Tráeme algo que ponerme! Algo más bonito que el pantalon asqueroso con el que he salido hoy. —Se pasó una mano por el cabello y gimió—. ¡Y un poco de maquillaje! ¡Solo me he duchado y me he recogido el pelo!
A decir verdad, podía oír la sonrisa de su hermana.
—¿Alguna razón especial por la que necesitas esos vaqueros tan monos que te compraste el mes pesado pero a los que aún no les has quitado la etiqueta? — preguntó.
Paula apretó la mandíbula. No había intimidad en esa casa.
Sobre todo cuando pedía un favor. Claro, que ella habría hecho las mismas preguntas si la situación fuera a la inversa, pero ese no era el caso en ese preciso momento.
¡Aquello era una emergencia! ¡Pedro llegaría enseguida! Un peto y una coleta no era la manera en que quería recibirlo, aunque siguiera enfadada con él.
—¡Sí, cotilla! Pedro está de camino para ayudarme. ¡No puede verme así!
Pato se rio y Paula la oyó correr por las escaleras.
—Es una buena razón —respondió—. Vaqueros y ¿qué te parece ese jersey tan sexy que me compré? Sólo me lo he puesto una vez.
Paula supo al instante a qué jersey se refería y no podía ponerse eso. Era demasiado escotado.
—Ni hablar. Conociste a ese chico tan mono la última vez que te lo pusiste.
Patricia soltó una risita alegre.
—Exacto. ¡Trae buena suerte!
Paula siguió negándose con la cabeza.
—No. Ese es tu amuleto. Tráeme… —pensó frenéticamente durante un instante—. ¿Qué tal el jersey granate que tengo al fondo de mi armario?
Se produjo un momento en el que se sucedieron sonidos y gruñidos ahogados y después un victorioso:
—¡Lo encontré!
—¡Maquillaje! —dijo Paula entrecortadamente—. ¡Tráeme el maquillaje!
—Lo tengo —respondió Patricia—. Llego lo más rápido que pueda.
—¡Y un cepillo! —gritó una milésima de segundo antes de que Patricia colgara. Sin embargo, no le preocupaba que la hubiera oído. Las hermanas sabían que el cepillo iba con el maquillaje. De hecho, era prácticamente lo mismo.
Paula volvió a guardar su teléfono en el bolsillo. Después empezó a buscar un espejo frenéticamente. Había unos baños pequeños en la primera planta, pero se dio cuenta de que necesitarían arreglos. Con un suspiro, se ahuecó el cabello intentando hacer que pareciera medianamente sofisticado mientras mentalmente añadía las renovaciones de los baños a la lista de cosas que había que arreglar. O la lista de cosas que habría que añadir a la lista de cosas por hacer del contratista, pensó cada vez más aliviada.
—¿Sra. Alfonso? —llamó una voz masculina desde la estancia principal.
Paula se quedó helada al oír ese nombre. Sacó la cabeza por la puerta del baño y vio a un hombre corpulento con una chaqueta de lona y una carpeta sujetapapeles merodeando cerca de la entrada.
—Creo que soy yo —dijo con una sonrisa nerviosa. No había vuelto a oír ese nombre desde que Pedro lo usó el día de su boda.
«Santo cielo», era un pensamiento alarmante. El día de su boda… sacudiendo la cabeza, se centró en el problema del momento y se sacó de la cabeza la inminente llegada de Pedro. O al menos lo intentó.
El hombre dio un paso al frente. Sus botas grandes y voluminosas resonaban en el parqué.
—Soy Tom. Su marido me envía. Ya me ha dado una idea general de lo que hay que hacer, pero ha dicho que usted tiene la última palabra en todo. —Miró alrededor—. ¡Esta casa es fantástica! —dijo con entusiasmo.
Paula observó a su alrededor. Una vez más, empezó a disiparse el miedo ante el potencial del edificio y la ayuda experta de aquel hombre.
—Es verdaderamente bonito, ¿verdad?
Tom sacó un bolígrafo de su bolsillo y empezó a tomar notas.
—Su marido ha dicho que necesita que todo se haga conforme a la normativa. De eso me encargo yo. No se preocupe por esos detalles. Dígame qué quiere hacer con cada zona para que me asegure de que conozco el plan general.
Con un enorme suspiro de alivio y liberándose casi instantáneamente del estrés acumulado en sus hombros, Paula lo condujo por la casa alegremente, empezando con la estancia frontal.
—Llámame Paula —dijo al hombre, que asintió y sonrió amablemente.
Mientras explicaba sus planes a Tom, controlaba la hora esperando ansiosamente que Patricia llegara antes que Pedro. Y lo que era aún más importante: necesitaba asegurarse de que nadie la llamara «Sra. Alfonso» mientras Patricia pudiera oírlo. Aquello era un secreto del que no quería que se enterasen sus hermanas.
Ella y Tom estaban de pie en el patio trasero de ladrillo.
Paula describía las ideas que se les habían ocurrido a ella y a sus hermanas cuando, de pronto, sintió que se le erizaba el vello del brazo como si cobrara vida. Volvió la cabeza y ahí estaba él, de pie en la puerta mirándola como si fuera una especie de fruta jugosa a la que quería pegarle un mordisco. Tembló cuando el mismo deseo la golpeó con toda su fuerza, interrumpiendo sus palabras y, posiblemente, haciendo que se le parara el corazón. Entonces todo empezó a ir muy deprisa. El corazón empezó a latirle tan fuerte que parecía que iba a estallar. Se le aflojaron las rodillas y la sangre palpitaba en sus venas. Tenía todos los sentidos en alerta máxima cuando Pedro anduvo hacia ella.
Cuando por fin llegó, la tomó de la mano y tiró de ella hacia el interior de la casa. No le pidió hablar en privado; la estaba arrastrando como un hombre de las cavernas, ¡y a Paula le encantaba!
No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, pero no podría haberlo detenido aunque hubiera tenido la fuerza necesaria.
Principalmente porque no quería que dejara de tocarla. Se sentía como si le ardiera la mano. El simple roce le recordaba cómo se había sentido todo su cuerpo mientras estaban en su enorme cama.
Tan pronto como atravesaron la puerta, tiró de ella hacia un lateral y la atrajo entre sus brazos. El beso que le dio no fue suave. ¡Era voraz! La dejó sin respiración y ella exigió más.
No quería que aquel beso se detuviera.
Sería completamente feliz si continuara durante el resto de su vida. Una de las manos de Pedro le sostenía la cabeza en ángulo, mesándole el cabello con los dedos, mientras la otra mano envolvía su cintura, acercándola más a su cuerpo duro. Ella no se resistió de ninguna manera. Es más, levantó los brazos para aferrarse a sus hombros con las manos, sujetándose tan cerca de él como podía.
De súbito, sintió la dura pared detrás de sí y la pierna de
Pedro entre las rodillas. No podía creerse lo erótico que resultaba estar sujeta a la pared por aquel hombre mientras sus manos vagaban hasta encontrar los pechos de ella y haciendo que gimiera de necesidad.
Paula se movió ligeramente. Quería que las manos de él se acercaran más a su pezón. No solo quería esa caricia, la necesitaba. ¡Cada célula de su cuerpo anhelaba ese roce!
Estaba a punto de llevarse su mano hacia allí cuando el pulgar de él se movió y encontró el botón. Ella jadeó, apretando su cuerpo contra el de Pedro mientras un placer extremo se apoderaba de ella.
—¡Lo he encontrado todo! —llamó la voz de Patricia desde la parte delantera de la casa. Paula se quedó helada cuando se oyó la voz de su hermana y se le abrieron los ojos como platos incluso cuando Pedro la miraba con los ojos iluminados por la sorpresa—. ¡También he encontrado algo de ropa interior sexy! ¡Tal vez eso ayude!
Paula escuchó sus palabras; ¡no podía creer que su hermana hubiera dicho eso en voz alta! Enterró la cara en el cuello de Pedro, gimiendo mientras las palabras de su hermana calaban en su mente embriagada de pasión.
«Vale, mis hermanas y yo estamos muy unidas, y Patricia no tenía ni idea de que había más gente aquí. Pero santo cielo: chica precavida vale por dos», pensó Paula. Echó una miradita a Pedro, rogando que no hubiera oído el alarido de su hermana. Se percató de que no había tenido tanta suerte cuando la mirada confundida de Pedro se tornó en una de diversión. Sus manos acariciaban los costados de Paula de arriba abajo, provocándole escalofríos adicionales, pero no la soltó.— ¿Le dijiste a tu hermana que te trajera ropa interior sexy? —preguntó en voz baja y ronca.
Paula se puso como un tomate.
—No. Solo le dije que me trajera algo de ropa distinta de la que llevo ahora mismo —explicó.
Pedro la observó y sonrió.
—Me gusta tu conjunto —afirmó mientras sus manos se deslizaban por su cuerpo y ahuecándolas sobre sus pechos brevemente—. Estás muy mona.
Paula hizo un gesto mohíno.
—Mona no es lo que quiero parecer cuando estás a mi alrededor.
Él se rio por lo bajo, pero estaba encantado.
—¿Qué es lo que quieres parecer? —preguntó en voz baja, alejándola un poco de la pared para poder volver a abrazar su cintura con las manos.
—Hum… ¿tal vez sofisticada? ¿Elegante? Sexy estaría fenomenal. Cualquier cosa menos mona —le dijo con un suspiro.
Pedro la soltó cuando ambos oyeron los pasos de su hermana acercándose.
—Mona me gusta —le dijo un momento antes de que una Patricia sin aliento irrumpiera por la puerta. Paula se percató de que Pedro la había metido en un armario que probablemente había contenido escobas y mopas en algún momento.
No podía creerse el cliché. Una vez más, deseó que Patricia hubiera llegado un poquito más tarde.
Claro que, por la forma en que Pedro y ella se habían echado uno encima del otro, un poquito más tarde podría haber sido un poquito más embarazoso. Pedro no había tardado demasiado en quitarle la ropa la última vez que habían estado solos.
Patricia se detuvo con un resbalón cuando vio a su hermana en brazos de un hombre alto y guapísimo.
—¡Hala! —dijo con los ojos como platos y la cabeza erguida un poco hacia atrás—. Tú debes de ser Pedro —dijo finalmente con una amplia sonrisa plasmada en su bonito rostro.
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