domingo, 17 de julio de 2016
CAPITULO 10: (TERCERA PARTE)
Cuando cerró la puerta, respiró profundamente para intentar calmarse. Se sentía enormemente aliviada de que respetara sus reticencias y de que no intentara hacerla cambiar de opinión. «Ese hombre es demasiado para mi paz mental», se dijo levantando la guía de eventos para ese día.
Se decidió por una excursión de buceo de superficie. Al mirar el reloj, se dio cuenta de que tenía el tiempo justo para ponerse el bañador, coger sus cosas y salir al muelle donde se suponía que el barco recogía a los huéspedes que querían bucear. Le parecía un plan excelente y además la alejaría de Pedro durante el día. Sonrió, pensando que ni siquiera sabría que se había ido del resort. Estaría a salvo.
Se le ocurrió que no debería sentirse amenazada por Pedro. A nivel físico, no le temía en absoluto.
Era la tensión sexual lo que la aterrorizaba. Y todas las razones por las que no debería acercarse a él.
Todas las razones por las que debía evitarlo como la peste.
¡Simplemente no podía volver de su no-luna-de-miel embarazada y con el corazón destrozado!
Aquel pensamiento hizo que se detuviera sobre sus pasos. ¿Iba a quedarse con el corazón destrozado después de una semana con Pedro pero no después de romper con Greg?
¡No! «Tengo el corazón roto», se dijo mientras cogía una toalla y su bolsa de playa. En ella metió protector solar, una botella de agua, un libro, su sombrero y las gafas de sol. ¡Estaba lista! Estaba destrozada por Greg; simplemente estaba ignorando el dolor porque tenía otras cosas en la cabeza. «No, no estaba locamente enamorada de él, pero… ¡aún así debería estar disgustada!».
Paula se echó la bolsa al hombro, se puso las gafas de sol y salió de la habitación del hotel. Iba a hacer algo de manera independiente aunque la matara. ¿Sabía bucear? ¡No! ¿Iba a aprender ese mismo día? ¡Totalmente! ¿Le preocupaban las criaturas conocidas y desconocidas con dientes que nadaban bajo el agua? ¡No estaba segura, pero iba a descubrirlo!
Siguió las señales hasta el muelle, alucinada de lo grande que era el resort en realidad. ¡Había más edificios de los que era capaz de contar! ¿Dónde estaba toda esa gente durante el día? Desde luego, no estaba en la playa, que era donde había pasado la mayor parte del tiempo hasta entonces.
Cuando por fin encontró el muelle, gimió. La cola era larga y el barco no parecía muy grande.
Ojeando el grupo, suspiró aliviada cuando un segundo barco, parecido al primero, empezó a amarrar al final del embarcadero. Claro que había un barco más grande al otro lado. Ese era considerablemente más impresionante. Los otros dos barcos parecían huesos limpios, conchas de fibra de vidrio con un montón de asientos incómodos a lo largo de los bordes. El que estaba al otro lado parecía lo que Paula solo podía describir como un yate muy grande y lujoso. Era bonito, con cromo brillante y banderas, con amplio espacio para sentarse e incluso con comedores. «Alguien va a pasárselo bien», pensó con una punzada de celos.
Se volvió sonriendo a la pareja que estaba en la cola con ella, pero en realidad sus ojos buscaban al hombre con el que no quería encontrarse. Quería estar de camino a alta mar antes de que Pedro se diera cuenta de que no pasaría el día en el resort. Mientras avanzaba la cola, se mordió el labio inferior, deseosa de marcharse un poco más rápido de lo que se movía la fila. Sintió un escalofrío al pensar que Pedro podría estar buscándola en ese mismo momento. No podía ni imaginárselo…
Dejó de pensar cuando una mano fuerte le envolvió el brazo y la sacó de la fila.
—Por aquí —dijo Pedro tirando de Paula hacia el barco elegante, lejos de la seguridad del grupo de buceo.
—¿Qué haces? —preguntó volviendo la vista hacia la fila frenéticamente. Su sitio desapareció enseguida cuando la pareja que estaba detrás de ella dio un paso al frente—. No voy contigo, Pedro — espetó. Pero no la escuchaba. Se limitó a darle un empujoncito hacia el yate. Instantes después de que sus pies tocaran la cubierta, las cuerdas que lo mantenían amarrado fueron desatadas y el barco empezó a alejarse.
Paula miró fijamente hacia la gente, que se volvía cada vez más pequeña a medida que el barco surcaba las aguas.
—¿Por qué has hecho eso? —inquirió, volviéndose hacia el hombre al que había intentado evitar.
—Porque no iba a dejar que subieras en ese barco —le dijo como si fuera la respuesta más evidente del mundo.
Ella resopló un poco, volviendo la vista anhelante hacia los otros.
—Pero… —no pudo pronunciar las palabras que tenía en la punta de la lengua.
Pedro le dio la mano y la alejó de la barandilla.
—¿Pero esperabas evitarme todo el día? —preguntó conduciéndola hacia el interior del barco.
Ella lo miró a los ojos y se dio cuenta de que Pedro sabía exactamente lo que estaba haciendo. O
intentando hacer.
—Sí.
Él rio por lo bajo, pero admitía estar impresionado con su sinceridad.
—¿Crees que eso va a funcionar?
Paula se sentó con remilgo en una de las sillas de cubierta, extremadamente cómodas.
—Iba a darle un buen intento.
Pedro se sentó a su lado y le pasó un vaso con algo frío y espumoso que les había llevado un camarero.
—Te garantizo que no hay forma de que lo consigas. Y tampoco quieres hacerlo. Ni siquiera necesitas hacerlo.
Paula miró su pecho y sus hombros, ambas partes del cuerpo que debía recordar eran zonas vedadas.
—Sí lo necesito. Y tiene que haber alguna manera de hacerlo. —Sacudió la cabeza. Dio un trago a su bebida, prácticamente morada, y quedó impresionada—. ¡Madre mía, está buenísimo! ¿Qué es? — preguntó. Miró la bebida de Pedro, que no era tan morada—. ¿Y qué estás bebiendo tú? No es lo mismo.
Pedro miró su bebida con cara de póker.
—Creo que la tuya es algo así como limonada de lavanda.
Al instante, Paula empezó a reírse. Le encantaba esa cara suya educadamente en blanco.
—¿Esta es demasiado afeminada para ti? —bromeó.
Pedro se reclinó y se puso las gafas de sol.
—No me gusta la lavanda —le dijo con un tono amable—. Ni la limonada.
Aquello solo consiguió que Paula riera con más fuerza.
—Vale, así que he dado en el blanco. —Se reclinó en el asiento y dio un sorbo a su bebida, disfrutándola a pesar del desdén de Pedro—. ¿Por qué me secuestras?
Éste rio entre dientes.
—No te estoy secuestrando, querida. Querías ir a bucear, así que te llevo a bucear. No es difícil de adivinar.
Paula miró en torno al barco y se dio cuenta de que ya no veía la costa.
—Tal vez usted sepa lo que se le pasa por esa complicada cabeza suya, pero para su información, Sr. Alfonso, nadie más lo sabe.
—Y a ti te gustaría —Paula se percató de que aquello no era una pregunta.
—No. No creo que entender qué se te pasa por la cabeza sea lo mejor para mí.
Pedro se rio.
—Tienes razón. —Se rio aún más alto cuando las mejillas de Paula se sonrosaron ligeramente—. Y sí, tengo muchas cosas en la cabeza y me alegro de que no las adivines todas. Pero, para ser transparente, al menos de momento, voy a llevarte a bucear. Vamos a un sitio donde no entran las aglomeraciones y podrás ver más del mundo submarino.
Paula arrugó la nariz.
—¿Vale la pena? —preguntó. No estaba muy segura de si el mundo submarino era tan interesante.
—¿Intentas huir de mí? No. Definitivamente, no es buena idea. Aún no vas a entender esto, pero intentar evitar la química que hay entre nosotros sería un error terrible —le dijo. La mirada en sus ojos le prometía aventuras que hicieron que todo su cuerpo se estremeciera de excitación y expectación indecorosa—. Pero en respuesta a tu pregunta, sí. Es interesante lo que hay bajo la superficie.
A pesar de sus palabras anteriores, Paula empezó a relajarse, pensando que tal vez el día estuviera bien. No tendría que sentarse en un banco duro y seguro que se mantendrían ocupados buceando.
—Vale. ¿Dónde está ese sitio? —preguntó reclinándose sobre el asiento e intentando relajarse aún más. Era difícil con un hombre como Pedro a su alrededor. No tenía una personalidad muy relajante. O tal vez fuera la energía que chisporroteaba a su alrededor y a que a ella le parecía tan electrizante.
—En realidad, hay un punto de buceo perfecto a la vuelta de la esquina. Si quieres hacer submarinismo, que te permitirá bajar un poco más, podemos salir al océano y bucear alrededor de uno de los arrecifes. La elección es tuya.
Paula no quería admitirlo, pero la idea de hacer submarinismo era muy intrigante. Era algo así como esquiar. Siempre había pensado que la gente que sabía esquiar o hacer submarinismo era muy atlética. Tal vez a ella le encantara salir a correr largas carreras, pero nunca se había considerado una persona atlética. Fuerte, sí. Atlética, no tanto. ¿Cómo iba a considerarse atlética una chef de repostería?
Pasarse el día tocando azúcar y decadentes postres de chocolate frente a hacer algo activo era contradictorio.
La mirada confiada en ojos de Pedro la tentó, y no pudo resistirse al deseo de pinchar al oso un poco más.
—¿Y si volvemos al otro barco y me dejas bucear con los demás huéspedes? —sugirió, escogiendo una opción más segura.
—Eso no es lo que quieres —le dijo.
Paula no tenía ni idea de que se le iluminaron los ojos con el tentador desafío. Pero Pedro sí que lo vio, y se sintió tremendamente atraído por aquella mujer.
—¿Cómo sabes lo que quiero? —preguntó ella.
En respuesta, Pedro se puso de pie. Durante un momento, Paula pensó que iba a alejarse. ¡Tonta ella! La cogió de la mano y la levantó de su silla. Con manos delicadas, le sacó la bebida de entre los dedos y la puso con cuidado sobre la mesa que había junto a ella. Un momento después, la tenía sentada en su regazo y la besaba. Movía las manos por su piel desnuda y ella jadeaba con todas las sensaciones que estimulaban su cuerpo. Quería echarse atrás, huir de aquello. Pero en lugar de eso, se acercó más, abriendo la boca para Pedro mientras él amaba su boca. Exploraba con la lengua, mordisqueaba con los dientes, y con las manos… con las manos recorría todo su cuerpo, acariciándole toda la espalda por debajo de su camisa de flores. Después bajaron hasta su trasero, donde se detuvieron durante varios segundos vertiginosos.
Cuando Paula sintió sus dedos provocándola por el interior del muslo, ahogó un grito y se echó atrás. Le cogió la mano y lo detuvo, pero Pedro no estaba dispuesto. La levantó y la puso a horcajadas sobre sus caderas, lo que le daba mejor acceso a su cuerpo.
Paula intentó agarrarle las muñecas, pero el deseo la había debilitado. Cuando las yemas de los dedos de Pedro la tocaron, justo en el borde del bañador, pensó que había muerto y se había ido al cielo. Eso fue incluso antes de que esos dedos mágicos se sumergieran bajo el elástico.
Prácticamente se derritió en brazos de Pedro cuando sus dedos encontraron su núcleo secreto, el lugar que ningún
hombre había tocado.
—¡No! —jadeó, cogiendo su muñeca, con más fuerza aquella vez.
Pedro se detuvo, pero no apartó los dedos de su objetivo. Al bajar la mirada hacia ella, pudo ver el rubor en sus mejillas y el deseo en sus ojos. Le quitó las gafas de sol y puso las de ambos en la mesa, a su lado.
—No voy a parar —le dijo—. Quita la mano.
Ella sacudió la cabeza y Pedro cambió los dedos de postura. Paula jadeó de nuevo, pero como le daba golpecitos en aquel sitio especial, se sentía débil y en apuros. Paula aflojó el apretón en torno a su muñeca y prácticamente se retorció alrededor de sus dedos en ese preciso momento.
Pero él no había terminado. ¡Ni de lejos!
Cuando sus dedos se sumergieron más a fondo, casi ardió en llamas.
—No puedo hacer esto —sollozó, dejando caer la frente sobre uno de sus enormes hombros.
Pedro besó su cuello y mordisqueó su oreja.
—No tienes que hacer nada más que sentarte y disfrutarlo —le dijo con voz ronca y grave.
Paula se estremeció con solo oír sus palabras y su tono de voz.
—Estás haciendo cosas que no están bien.
—Las estoy haciendo perfectamente bien —arguyó. Cuando volvió a mover los dedos, Paula coincidió con él. Su cuerpo se irguió, casi rígido mientras esperaba a que moviera los dedos otra vez.
Cuando lo hizo, se estremeció y se movió más para que tuviera mejor acceso. «¡Ay, madre!», pensó.
¿Cómo podía tocarla así? ¿Cómo podía manipular su cuerpo totalmente?
No le dio tiempo a responder a esa pregunta porque los dedos se movieron contra su cuerpo y llegó al éxtasis. Echó la cabeza atrás mientras se contraía contra los dedos de Pedro. ¡Era la cosa más bonita que había experimentado nunca!
Cuando recobró el aliento, se movió sobre su regazo, echándose atrás y agradecida de que le permitiera volver a sentarse en la silla frente a él. Miró el vaso de limonada de lavanda, pero no podía arriesgarse a coger el delicado vaso de cristal porque su mano, o mejor dicho todo su cuerpo, seguía temblando después de aquella experiencia.
—Así que no, no vamos a evitarnos mutuamente —le dijo Pedro. Se llevó su vaso a la boca y dio un largo trago. Paula esperaba fulminarlo con la mirada, pero sospechaba que no parecía tan feroz como quería porque él sólo se rio de ella—. En cuanto a tus otros reparos, dime quién te ha dicho que soy mala persona.
Paula dio gracias por el cambio de tema. No estaba segura de poder hablar, pero se aclaró la garganta, haciendo un ligero esfuerzo por conversar.
—Eh… Bueno, no importa. Me fío completamente de mis fuentes.
Pedro asintió.
—Bien, es bueno saberlo. Al menos no me has buscado en Internet y has llegado a esa conclusión.
Paula ladeó la cabeza ligeramente.
—¿Por qué? ¿Hay rumores horrorosos sobre ti ahí fuera? Te busqué y encontré bastante.
—Si solo leíste los primeros artículos, casi todos son pura basura. No he salido con la mitad de las mujeres que aseguran las columnas de cotilleos.
Paula se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿cómo han llegado todas esas fotos a Internet? —inquirió—. ¿Por accidente?
Pedro se rio de su inocencia. El mundo no era un lugar justo, lo sabía por propia experiencia.
—No. Asisto a varios eventos todas las semanas. La gente quiere hacerse fotos conmigo. Sobre todo las mujeres. Lleva sus nombres a los periódicos y les da más caché —explicó encogiéndose de hombros con desdén.
Paula hizo una mueca; no había pensado en eso.
—Así que las mujeres en todas esas fotos son solo conocidas de eventos humanitarios —sonaba ofensivo e incluso mercenario que esas mujeres manipularan así a la prensa.
Pedro le guiñó un ojo.
—No todas. No soy monje —se rio entre dientes cuando Paula volvió a ruborizarse porque sabía que había disfrutado del ministerio tan poco monacal de hacía unos minutos.
—Sí, bueno. —Paula miró a su alrededor, esperando que algo lo distrajera. «¿Dónde hay un camarero cuando lo necesitas? ¿O un móvil? Dios, me encantaría recibir un mensaje o una llamada ahora mismo».
Juntando las rodillas, miró hacia el mar y se dio cuenta de que se acercaban a la costa.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Pedro apartó la mirada de la belleza encantadora y sonrojada para mirar al horizonte.
—Ya casi estamos allí. Vamos. Te daré algo de equipo.
Paula lo siguió al final del barco. Sospechaba que se llamaba de otra manera, como proa, o popa o algo así, pero no tenía ni idea de cuál era. Bajaron unas escaleras y después se dirigieron hacia la parte trasera del barco. Durante todo el tiempo, Paula pasó un mal rato intentando evitar que sus ojos recorrieran la amplia extensión de su espalda o su trasero, que ahora veía porque llevaba un bañador y una camiseta holgada.
—Toma —dijo pasándole un par de aletas—. Prueba a ver si te valen.
Se sentó en una de las sillas y se puso la primera.
—Yo creo que está bien —dijo observándose el pie. Un segundo después, Pedro le pasaba una máscara de buceo.
—¿Puedes echarte el pelo para atrás cuando te la pongas? —le preguntó—. No debes dejar pelo entre la piel y la máscara. De lo contrario, romperá el vacío de la máscara y te entrará agua.
—No queremos que ocurra eso, ¿verdad? —respondió mirando la máscara como si fuera un artilugio extraño en lugar de algo que utilizaba en la piscina de niña. Claro que aquella era de mucha mejor calidad. Se la puso sobre la cara y lo miró, sin saber muy bien cómo distinguir si le valía o no.
Cuando Pedro la miró, dejó caer la cabeza, riéndose de su carita adorable. Prácticamente toda estaba cubierta con la máscara, pero la presión que ejercía la silicona sobre su labio superior hacía que le pusiera morritos. Sospechaba que Paula no tenía ni idea de lo encantadora que estaba en ese momento. Hecho que se confirmó cuando se quitó la máscara y lo fulminó con la mirada.
—No sé qué es tan gracioso —gruñó.
—Ya lo sé —contestó él—. Esa máscara vale. Iremos a hacer buceo de superficie por la mañana, volveremos al barco a comer y, si quieres más, iremos a hacer submarinismo esta tarde.
Paula dejó la máscara colgando a un lado mientras Pedro buscaba algo más en la enorme caja de
equipo.
—Creía que había que tener un certificado para hacer submarinismo, dar un montón de clases y hacer todo tipo de exámenes.
—Eso es necesario para hacerse submarinista o maestro de buceo. También tienes que tener un número de horas de buceo y de instrucción, dependiendo del nivel de certificación que quieras. Pero puedo sacarte y enseñarte lo que hay que hacer.
—Claro que puedes —gruñó—. Porque cumples todos los requisitos.
Pedro rio entre dientes.
—Sí, moy sladkiy —farfulló un momento antes de besarla con ternura. Se quedó tan sorprendida, tanto por el beso como por sus palabras, que se olvidó de apartarse.
—¿Qué idioma es ese? —preguntó.
—Ruso —le dijo.
—Me preguntaba de dónde venía tu acento —comentó en voz baja. No pudo ignorar lo excitante que le resultaba oírle hablar en su lengua materna. ¡Era sexy!—. ¿Por qué nunca me has hablado en ruso hasta ahora?
Pedro se encogió de hombros y le dio un tubo.
—Tal vez porque no se me había ocurrido. Ya mog by rasskazat’ vam, kak ya khotel by zanyat’sya s toboy lyubov’yu, pero igual te ofendes. —Había dicho: «Podría decirte cuánto deseo hacerte el amor»… pero se guardó la traducción para sí mismo.
Ella se echó atrás, mirándolo con cautela.
—Estoy segura de que no quiero saber lo que acabas de decir. Sobre todo si piensas que voy a ofenderme.
Otra risa por lo bajo hizo que un escalofrío le recorriera el vientre hasta lo más profundo. Parte de ella quería volver a oír esa voz en su propia lengua, pero la parte más inteligente, probablemente su cerebro, aunque no estaba muy segura de que le estuviera funcionando como es debido últimamente, le decía que oírle hablar en ruso la metería en serios problemas.
—Vale, ¿cómo funciona? —preguntó.
Pedro subió una ceja. Sabía exactamente lo que estaba haciendo Paula, pero no la llamó cobarde.
—Ponte la máscara; cerciórate de que no se rompa el vacío. Puedes asegurarte de que está bien puesta respirando por la nariz. Si está bien ajustada, no podrás inspirar. —La observó mientras lo hacía y después asintió—. Voy a conectar esto y sólo respirarás por la boca. No es difícil, porque es la única manera en que podrás hacerlo. Pero si sientes pánico, ve más despacio y sigue las burbujas.
—¿Las burbujas? —preguntó, pensando que el sol lo había vuelto un poco majara—. ¿Ese es tu consejo si siento pánico? ¿Que siga las burbujas?
Pedro rio ante su expresión ultrajada.
—Las burbujas siempre van hacia la superficie. Casi siempre, el mayor problema al hacer submarinismo y bucear es desorientarse. Si sigues las burbujas, te guiarán hacia la superficie.
Aquello tenía más sentido de lo que quería reconocerle. De modo que, en lugar de sonreír ante su consejo ingenioso, se limitó a asentir.
—Vale, ¿y después?
Pedro hizo que se volviera hacia el agua.
—¿Sabes nadar? —preguntó.
Ella asintió.
—Sí. Me encanta nadar.
—¿Eres muy buena nadadora?
Paula ladeó la cabeza ligeramente.
—¿Eres uno de esos hombres paranoicos? —preguntó pensando en lo sobreprotectores que eran sus cuñados con sus hermanas.
Pedro arrojó la máscara y el tubo sobre una silla y eliminó la distancia entre sus cuerpos.
—Creo que podría serlo —gruñó antes de tomar su cabeza entre las manos y besarla. Movía la boca sobre los labios de Paula, mordisqueando y besando hasta que ella se dejó caer sobre él. Sólo entonces levantó la cabeza y la miró—. ¿Qué vas a hacer si lo soy? —preguntó.
Paula suspiró, apoyando la cabeza contra su pecho mientras intentaba recobrar el aliento.
—Creo que intentaré evitarte.
Él se rio mientras le acariciaba la espalda con las manos.
—¿Y qué tal te está funcionando el plan hasta ahora? —insistió.
Los labios de Paula se apretaron con su risa astuta.
—Eres un hombre odioso, Pedro.
—Hasta que hablo en ruso, ¿verdad? Entonces te gusto.
Sus mejillas se tornaron color de rosa y se dio la vuelta, esperando que no viera el cambio en su piel a la brillante luz del sol.
—Necesito protector solar —le dijo, intentando cambiar de tema.
—Aquí tengo—le dijo—. Date la vuelta.
Paula permaneció de pie frente a él, sin darse la vuelta en absoluto. No quería esas manos en su espalda. ¡De ninguna manera!
—Puedo ponerme el protector yo sola —le dijo estirando un brazo para quitarle el bote de las manos.
—Date la vuelta y quítate la camisa —repitió.
—No, Pedro, lo haré yo. —Bajó los codos hasta rodearse la cintura para que no pudiera levantarle la camisa. Le creía capaz de cualquier cosa. Y por la manera en que la estaba observando en ese momento, hacía bien en ser cautelosa.
—Pedro, aléjate —advirtió echándose para atrás a su vez.
—Tienes la piel clara. Necesitas protector en la espalda.
—Ya lo hago yo.
Pedro sacudió la cabeza.
—El sol es muy fuerte aquí, en el Caribe, e incluso peor cuando buceas. Los rayos del sol se reflejan en el agua, lo que intensifica su efecto. Vas a necesitar protector por toda la espalda. —Observó su camisa—. A menos que quieras nadar con la camisa. Eso reduciría un poco el impacto.
Paula se estremeció; sabía que tenía razón. Había tenido mucho cuidado de ponerse protector solar el día anterior precisamente por esa razón. Pero se había pasado todo el tiempo leyendo o durmiendo boca arriba, así que el sol no le había dado nada en la espalda todavía.
—Aún así, puedo hacerlo yo misma.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó acercándose todavía más—. No puedes ir en serio cuando esta mañana me has contado todas las razones por las que no deberíamos estar juntos y decirme ahora que ni siquiera puedes aguantar el roce de mis manos en la espalda. No encaja. Sobre todo porque hace unos minutos te has desecho en mis brazos.
Paula se mordió el labio inferior, intentando encontrar la manera de explicar ambas cosas e ignorar su comentario sobre cómo se había desecho. Se estremeció con solo recordar la manera en que la había tocado, la forma en que su cuerpo se había movido contra él. Sacudió la cabeza, intentando aclararse las ideas.
—Tienes razón —respondió finalmente—. Pero la espalda es un sitio que… —se mordió el labio un momento, con mirada recelosa—. Pedro, deja que me ponga el protector solar yo misma. Por favor.
Éste la observó durante un largo momento antes de pasarle el bote de crema. Pero cuando subió la mirada hacia él, se dio cuenta de que no se había desalentado. Estaba pensando en algo y Paula sabía que no le iba a gustar. ¡Ni un poquito!
sábado, 16 de julio de 2016
CAPITULO 9: (TERCERA PARTE)
Cogió la llave de su habitación, un libro y sus gafas de sol, decidida a pasar un buen día. Iba a relajarse, a nadar en el océano; quizás aprendería submarinismo si había bastantes plazas en la clase.
«Tal vez podría… ¡Santo cielo!, no tengo ni idea de qué más hacer. ¡Ah! ¡Hay piragüismo! ¡Sí, tal vez debería coger una piragua y explorar el agua!».
Tomó un plato de la hilera del bufé y lo llenó de fruta fresca recién cortada. Estaba demasiado disgustada como para comer nada más. Le trajeron de inmediato una taza de café y sonrió agradecida al camarero. Sin embargo, no comió mucha fruta. Prácticamente se limitó a darle vueltas en el plato.
—Tienes que comer algo más, milaya moya —dijo Pedro sentándose en el lado opuesto de la mesa.
Paula alzó la vista rápidamente, intentando con todas sus fuerzas no permitir que su rostro mostrara ninguna emoción, sobre todo lo excitada que se sintió al instante cuando le habló en su lengua materna.
No sonaba tan brusca como esperaba. Sonaba dulce y casi cantarina.
Sin embargo, no podía dejar que viera eso en su rostro.
Tampoco quería que detectara su cautela debido a los comentarios de Ivan, ni su entusiasmo al volver a verlo de nuevo.
Pedro no podía apartar la mirada de su rostro. En un periodo de unos tres segundos, había ido de la felicidad a la cautela, pasando por toda una gama de emociones entre ambas. Todo lo que pensaba y sentía se revelaba en sus bonitos ojos verdes.
—¿Por qué me tienes miedo hoy? —preguntó, haciendo caso omiso del camarero que se acercó a servirle un café.
Paula observó y subió la ceja mientras esperaba a que se lo agradeciera al camarero. Pero cuando Pedro siguió mirándola fijamente, se rindió.
—Gracias, Emilio —dijo al camarero cuando estaba a punto de alejarse.
Éste se detuvo e hizo una inclinación de cabeza, sonriendo levemente antes de que sus ojos se posaran sobre el hombre sentado frente a ella con postura arrogante. Un instante después, desapareció.
Paula se quedó estupefacta al ver el cambio de actitud del hombre.
—¿A qué se debe que todo tu personal sienta pavor de ti? Todos hacen un trabajo espléndido, pero no se lo agradeces de ninguna manera. —¿De verdad era así de frío y cruel? El día anterior no se lo había parecido. Al menos, no después de enfrentarse a él—. Ayer también criticaste a tu personal.
—Pago muy bien a mis empleados. Espero que trabajen de acuerdo con mis muy altos estándares. Si no pueden, tienen que irse a otro resort. Yo no pido a nadie que trabaje donde no quiere.
Paula puso los ojos en blanco.
—Mira, yo también doy trabajo a varias personas. Y también les pago muy bien. Eso no significa que una palabra amable o de agradecimiento por un trabajo bien hecho vaya a matarte.
Pedro pensaba que era excesivamente amable y sensiblera al tener en cuenta la situación de un camarero, pero suponía que eso era lo que la hacía tan atractiva. Tenía el corazón ahí, a la vista de todos.
Sin embargo, no pensaba ablandarse en sus políticas de contratación.
—El hombre me ha traído un café. ¿Qué hay en esa tarea que esté por encima de lo que se exige de él? —preguntó, divirtiéndose con la defensa apasionada de su personal. Prácticamente le había partido los huesos en defensa de su gerente el día anterior y ahora luchaba por los derechos de un camarero. «¡Es adorable! ¿A cuántos desamparados puede arropar bajo sus faldas?».
—No se trata de que fuera más allá de lo que se exige de él —espetó, fulminándolo con la mirada—. Es que ha hecho algo por ti. Un simple gracias no cuesta nada.
—Ya, bueno, por lo menos ha hecho que te comieras toda esa fruta. ¿Estás lista?
Paula miró su plato, ahora vacío. No tenía apetito antes de que se sentara Pedro; ¿dónde había ido toda la fruta? Lo observó durante un largo instante, sin saber con seguridad qué le hacía ese hombre como para no acordarse siquiera de haber comido.
Después cayó en la cuenta de sus otras palabras.
—¡Espera! ¿Qué quieres decir? No voy a ningún lado contigo.
Pedro se puso en pie y anduvo hasta su lado de la mesa.
—Sí vienes.
Ella también se puso en pie, sintiéndose estupendamente por alguna extraña razón. Todas sus células ardían con combustible de octanaje alto en ese momento.
—Voy a ver qué eventos hay para hoy. Lo que hagas tú es cosa tuya.
Pedro la cogió por el codo y tiró de ella por el lateral del edificio.
—Vale, ¿qué pasa? —inquirió—. Anoche me suplicabas que te besara y ahora intentas huir de mí. — Sus ojos captaron el rubor de Paula cuando abrió la boca para discutir con él, pero no había terminado —. Eres una mujer complicada y eso me gusta, pero también estoy decidido a entenderte.
Paula sabía que estaba siendo irracional, pero no le importaba. Las cosas que se le estaban pasando por la cabeza y por el cuerpo eran una locura y no las entendía ni ella misma. De modo que, en lugar de ser sincera, hizo lo que hacía siempre: fingir que no pasaba nada.
—No sé de qué hablas —respondió. «Debería haber mirado por encima de su hombro para intentar parecer más informal, ¡pero es demasiado alto, jolín!». Al no poder mirar por detrás de él, se sintió aún más nerviosa de no poder parecer indiferente al caos que tenía lugar en su mente.
Pedro suspiró, soplando los mechones que empezaban a rizarse en torno a la cara de Paula debido al aire húmedo.
—Paula, anoche estabas acurrucada en mis brazos y prácticamente me suplicaste que te hiciera el amor.
—¡No lo hice! —jadeó ella.
En respuesta, Pedro levantó una ceja negra en silencio.
Paula lo fulminó, negándose a echarse atrás. Intentó escabullirse por debajo de su brazo para alejarse de él, pero éste lo había previsto y la pilló. La atrajo de vuelta contra el muro del edificio donde podía seguir mirando sus bonitos ojos verdes.
Paula se estremeció con el roce, pero apretó la espalda contra la piedra, intentando dejar tanto espacio entre ellos como fuera posible.
—Tal vez quisiera besarte, pero eso es totalmente distinto.
Pedro se inclinó más cerca de ella.
—Paula, no te engañes. Estuvimos a un segundo de arrancarnos la ropa mutuamente hasta que empezaste a quedarte dormida sobre mí de esa manera tan rara. Cosa muy extraña, por cierto. Pero acepto que eso no es más que parte de tu encanto.
Paula no abrió la boca. De hecho, su comentario hizo que apretara los labios aún más. No quería darles la opción de aceptar su versión de los hechos de la noche anterior. Pero entonces se le ocurrió algo.
—¿Me metiste en la cama? —preguntó.
Pedro se acercó más a ella; su aliento cálido soplaba contra el cuello de Paula.
—No habría permitido que nadie más viera ese bonito encaje negro —dijo acariciándole el lóbulo de la oreja suavemente con los labios, casi como por accidente. Pero ella sabía que lo había hecho a propósito. ¡Si dejara un poco de espacio entre sus cuerpos, ella también podría fulminarlo!
—Atrás —susurró. Pero los labios de Pedro la sonrieron y se acercó todavía más.
—¿Por qué iba a hacer eso, Paula? —preguntó en voz baja, con los labios a apenas un centímetro de su boca—. ¿Te molesta que me acerque a ti?
—Sí —susurró, recordando lo increíblemente bien que besaba aquel hombre. Quería sacudir la cabeza, tanto para desechar los recuerdos de su mente como para decirle que no la molestaba. Por desgracia, su mente y su fuerza de voluntad estaban batallando, y su fuerza de voluntad iba perdiendo. ¡Por mucho!
—No te alejes, Paula —trató de convencerla—. Olvídalo todo. Déjate llevar.
—No puedo —le dijo sin echarse atrás.
—¿Por qué no? —preguntó alejando la boca desde sus labios para planear sobre su cuello durante un momento atroz—. Podría estar muy bien entre nosotros —dijo rozándole la piel del cuello tiernamente con los labios. Aquello hizo que se quedara sin aire.
—¡Es imposible! —le dijo.
—¿Por qué es imposible?
«¡Oh, no! ¡Ha sacado los dientes a la palestra!». Paula se estremeció e intentó acercar el hombro a su cuello, pero él no la dejaba. El sonido que salió de su boca cuando Pedro empezó a trabajar sobre ella con los dientes y los labios fue sorprendente, pero no pudo contenerse.
—Por favor, Pedro. No puedo hacerlo.
—¿Por qué no?
—¡Oh, por muchas razones! —para entonces, sus manos se aferraban al suave lino de la camisa de Pedro. No estaba segura de si intentaba mantenerlo en su sitio para que continuara con la tortura sobre su cuello o si se estaba preparando para empujarlo.
Pedro le sacó la elección de la cabeza. Echándose atrás, bajó la mirada hacia ella.
—Enumera tres razones por las que niegas lo que hay entre nosotros —ordenó.
«¡Madre mía! Ahora que no está tan cerca recordándome todas las razones por las que es malo para mí, se me llena la cabeza de dudas».
Sin embargo, no estaba segura de querer aceptarle el desafío. Sospechaba echaría abajo sus argumentos uno a uno y que se quedaría indefensa. No le gustaba esa posibilidad.
—¿No tienes ningún resort al que volar y donde ser cruel? ¿Más personal al que despedir y menospreciar?
Pedro tomó su mano y la condujo por el pasillo hacia su habitación.
—Tengo todo el tiempo del mundo. He despejado mi agenda de los próximos días para que tú y yo podamos conocernos y explorar de qué va esto.
Paula se detuvo, al igual que él. Alzando la vista hacia Pedro, hizo un gesto preocupado con el labio inferior.
—¿De verdad? ¿Por qué ibas a hacer eso?
Él se volvió y recorrió la longitud de su mandíbula con un dedo alargado.
—Porque eres una mujer guapísima que me confunde y que finge no querer nada conmigo, pero al menor roce se te encienden esos ojos verdes impresionantes.
Paula no consiguió hablar durante un largo momento. ¡Ni siquiera podía pensar! «¡Joder, es bueno!», pensó. «Demasiado bueno».
—¿A cuántas otras mujeres les has dicho eso? —Su tono le decía a Pedro que lo consideraba un creído, y él se rio por lo bajo.
—De hecho, me he acostumbrado a que las mujeres me persigan. Reconozco que tu resistencia me intriga.
Paula estaba bastante segura de que se sentía insultada.
—De modo que solo me ves como un reto. —«No voy a hacer pucheros», se dijo firmemente mientra empezaba a caminar hacia su habitación—. Genial. Solo soy una roca que tienes que mover. Perfecto.
Pedro se rio con un sonido ronco. Pero a Paula le gustaba.
Una pequeña pompa de estupidez pensó que sería estupendo hacerlo reír más a menudo. Sin embargo, explotó la pompa enseguida. No aceptaba que Pedro fuera triste o infeliz. Un hombre con esa riqueza podía encontrar la felicidad que le conviniera. Y si no le gustaba, qué pena.
Cuando Pedro paró de reír, bajó la mirada hacia ella. Sus ojos aún ardían llameantes.
—Justo lo contrario. Te encuentro infinitamente fascinante. Tu temperamento es otra capa que hace aumentar mi interés.
Paula tosió con aquel comentario. No estaba segura de qué creer, pero no quería mirarlo porque entonces él sabría que sentía ligeramente el cumplido. Aunque solo ligeramente. Ese hombre no necesitaba más palmaditas a su ego. Pero no le importaría darle unas palmaditas…
—Entonces —dijo cambiando de tema, a pesar de que él no estaba al tanto de sus pensamientos, que corrían como ardillas por su cabeza—, ¿por qué no te buscas algo que hacer hoy?
—Porque sigo esperando que me enumeres las razones por las que no funcionaría entre nosotros.
Volvían a andar por el camino de piedra. Paula suspiró.
—Bueno, lo primero: porque supongo que solo quieres una relación sexual y puedo decirte desde este momento que, por alguna razón, las mujeres de mi familia son extremadamente fértiles. Simplemente ningún tipo de anticonceptivo parece mantenernos a salvo de quedarnos embarazadas. —Lo miró, segura de que la mera advertencia sobre un embarazo probable haría que el hombre se fuera preparar las maletas.
—¿Cuáles son las otras razones?
Paula se detuvo y alzó la vista hacia él.
—¿No te parece bastante con eso? Quiero decir que estamos hablando de bebés, pañales, biberones y noches en vela. Además, normalmente, en mi familia, no es un solo niño. Mi madre es gemela y mi hermana tuvo gemelas hace casi cinco años. Mi otra hermana acaba de tener gemelos y yo soy trilliza.¿No deberías estar diciendo «do svidaniya» a estas alturas?
Pedro la observó, disfrutando de la manera en que se le encendía la mirada. Estaba tan animada todo el tiempo, sin importar de qué hablaba. Incluso diciéndole que iba a ser padre muy pronto, a pesar de que aún no habían consumado su relación, prácticamente vibraba de energía.
—Os cuidaría a ti y a los niños que fueran concebidos de esta relación. —Dijo aquello con rotundidad absoluta—. ¿Por qué otras razones tienes dudas?
Paula suspiró y siguió andando, solo un poco irritada de que no le soltara la mano para que pudiera seguir sus vacaciones «sola». Incluso si había decidido que odiaba estar sola. «No, no», se dijo.
«Simplemente no sé cómo estar sola».
—Una gran razón es el hecho de que un amigo mío me haya advertido que causas problemas. Que eres un mujeriego de la peor clase. —Siguió avanzando mientras recordaba la advertencia tan rotunda de Ivan de que debería mantenerse alejada de aquel hombre intrigante—. También está el hecho de que acabo de romper un compromiso. No creo que empezar otra relación sea la maniobra más inteligente. No con mi historial.
—¿Quién es ese amigo que te ha advertido sobre mí? —preguntó, refiriéndose a su primera afirmación. Obviamente, descartaba su reciente compromiso como algo sin importancia.
Paula no quería traicionar a Ivan. No estaba segura de con qué frecuencia interactuaban los dos poderosos hombres en la comunidad empresarial. Pero Ivan no era hombre que advirtiera a la ligera. Si pensaba que Pedro era un problema, tenía que tomárselo en serio.
Así que, en lugar de darle el nombre de Ivan, se centró en el otro asunto. El que debería ser más pertinente para Pedro. «Bueno, y para mí».
—¿No me has oído? ¡Estaba prometida! Se supone que esta iba a ser mi luna de miel. He venido aquí con ropa nueva, lista para empezar una nueva vida con el hombre con el que pensaba que iba a casarme.
Pedro se percató de que no dijo nada sobre el amor, y le gustó aquella omisión.
—Y no estás demasiado afectada por eso, de modo que doy por hecho que no amabas a ese hombre.
Paula ya había llegado a esa conclusión, pero eso no significaba que quería que se hablara tan sucintamente de ello. Y, desde luego, no que lo hiciera un hombre al que apenas conocía. O mejor dicho, que hablara de ello un hombre que apenas la conocía. No le gustaba pensar que era superficial o que otros podían ver su superficialidad.
—Bueno, ¿cuál es el último problema? —apuntó.
Paula miró el camino de piedra y después lo miró de reojo.
—¿No basta con eso?
—Bastaría si fueran las tres únicas razones.
Paula suspiró.
—¿Cómo sabes que hay más?
—Lo hay, ¿no es así?
Volviéndose una vez más, fue pisando fuerte por el camino.
—Ya no quiero seguir siendo como mis hermanas.
Pedro estaba justo detrás de ella.
—¿No es eso un poco difícil? Pensaba que erais trillizas idénticas.
Paula negó con la cabeza.
—No. Somos trillizas tricigóticas, pero no mucha gente ve las diferencias. Son pequeñas, pero sabemos cuáles son.
—Así que tienes un reto con tratar de ser diferente —comentó mirándola con una luz extraña en los ojos—. No es inalcanzable, pero probablemente es más desafiante de lo que prevés porque trabajas con tus hermanas todos los días.
Paula sacó la llave de su habitación del bolsillo.
—Sí. Bueno, gracias por sentarte conmigo en el desayuno. Voy a estar en mi…
Paula no pudo terminar aquella frase porque en ese momento Pedro alargó la mano y le tocó la oreja. El roce fue tan inesperado que no se había preparado. La oleada de deseo que la golpeó la dejó atónita, boquiabierta y con los ojos cerrados mientras se deleitaba de placer con una simple caricia.
—Vamos a pasar el día juntos, Paula —le dijo.
Abrió los ojos de par en par y alzó la vista hacia él.
—No. No podemos.
Pedro retiró la mano mientras decía:
—A mi entender, tienes cuatro razones por las que no podemos estar juntos. Alguien te ha dicho que soy mala persona. Quieres ser distinta a tus hermanas y me parezco demasiado a sus maridos. Te preocupa que nuestra relación sexual resulte en un embarazo y acabas de salir de una ruptura de la que crees que tienes que reponerte.
Se erizó ante el orden en que había enumerado los obstáculos, pero no estaba muy segura de cuál corregir primero. Se sentía desconcertada por todo, pero especialmente por lo de la relación sexual.
Sonaba como si fuera una conclusión obvia, ¡pero no lo era!
Bajo ningún concepto iba a meterse en la cama con él. ¡Se quedaría embarazada con solo verlo desnudarse!
¡Definitivamente, era demasiado viril y sexual como para hacerse cargo!
Cosa que ella incluiría entre los obstáculos, pero sospechaba que él lo tomaría como un desafío, de modo que mantuvo la boca cerrada.
—Entre otros problemas —respondió dejándose la parte del reto—. Así que espero que tengas un buen viaje hacia tu próximo destino —dijo metiendo la llave en la cerradura.
Después entró en la habitación.
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