miércoles, 6 de julio de 2016
CAPITULO 24 (PRIMERA PARTE)
Paola y Patricia fueron a terminar de cargar la furgoneta de catering.
Obviamente, Paula estaba en buenas manos ahora que Pedro había llegado, así que continuaron con su tarea mientras inventaban castigos horribles para la mujer en cuestión. Seguían sin tener ni idea de cómo se llamaba, pero no les importaba.
Simplemente se referían a ella como «la Loca Elegante» y siguieron con sus cosas.
A veces los detalles eran tan irrelevantes.
Paula se quedó observándolas, divertida y agradecida por la lealtad de susahermanas. Incluso Pedro se rio ante algunos de sus «castigos». Pero quince minutos más tarde, la furgoneta estaba cargada, se dieron un abrazo, e incluso Pedro recibió un abrazo de cada una de las hermanas ahora que había dado un paso al frente como el grande e increíble «héroe». Se fueron. Laura seguía en la parte delantera del local, pero estaba cerrando la tienda de sándwiches.
—Vámonos —dijo Pedro.
Paula miró a su alrededor. Seguía sin estar segura de qué estaba ocurriendo.
—¿Los guardas están fuera?
—Os presentaré. Son de Seguridad Hamilton, que es la mejor empresa de seguridad del mundo. Estos tíos son unos profesionales y protegerán a tus hermanas aquí. La policía también patrullará la zona, así que estarán lo suficientemente seguras.
Paula sabía que Pedro estaba intentando reconfortarla, pero sus palabras solo conseguían asustarla más.
—¿Por qué necesitamos guardas de seguridad patrullando el exterior de la casa? —preguntó, dejando que la llevara fuera de la casa hasta la parte trasera de su limusina, pero seguía preocupada. La mirada ceñuda de Pedro hacía que se le encogiera el estómago con nerviosismo. ¡Algo andaba muy mal! Algo que no quería contarle y que hacía que se sintiera todavía más preocupada.
—Hablaremos cuando lleguemos a casa —dijo cerrando la puerta de golpe.
Su conductor se alejó y Pedro sirvió un poco de brandy en un vaso de cristal.
—Toma, da un trago —le dijo.
Paula cogió el vaso, pero no bebió.
—Pedro, recuerdas que estoy embarazada, ¿verdad? —bromeó, tratando de aligerar los ánimos.
Pedro frunció el ceño y volvió a coger el vaso. Una fracción de segundo más tarde, se bebió el brandy de un trago y volvió a colocar el vaso en el posavasos.
—Tienes toda la razón.
—Háblame —le urgió, poniendo una mano en su brazo—. ¿Quién era esa mujer y qué esta pasando?
Pedro negó con la cabeza.
—Cuando lleguemos a mi casa —le dijo. Miraba fijamente hacia delante—. Los de la mudanza vienen esta noche. Van a recoger todas tus cosas y te mudas esta misma noche.
Ella tembló.
—Pero…
—No más dilaciones, Paula. Vamos a hacer que esto funcione.
Tomó su mano y ella sintió algo extraño en su caricia. Algo que no estaba allí antes y que la asustó aún más.
—Pedro, dime qué está pasando.
En respuesta, la alzó en sus brazos, la sentó sobre su regazo y la besó. No aflojó su abrazo hasta que ella se colgó de él y la oyó suspirar en su boca con los brazos aferrados a su cuello.
—Vas a enamorarte de mí, Paula —le dijo seriamente.
A Paula le pareció lo más lindo que había dicho nunca y se rio, posando su mano sobre la mejilla áspera de él.
—Pedro, ya estoy enamorada de ti —le dijo dulcemente.
Pedro observó a la delicada belleza que tenía en sus brazos.
Con aquellas palabras, la cabeza empezó a darle vueltas y no se creía lo afortunado que era.
¿Cómo era posible que al fin hubiera encontrado a la única mujer en el mundo que lo quería por sí mismo y no por nada que pudiera darle? Era todo lo contrario que sus madrastras y que todas las mujeres con las que había salido en el pasado. Ni una sola de las amantes de su pasado habría trabajado tanto o resuelto los detalles minuciosos con los que lidiaba Paula. Ellas solo querían que las mantuviera y que fuera su banco personal, mientras que Paula no aguantaba interferencias en su empresa y aun así no gastaba su dinero. Era preciosa y estupenda, y empezaba a
sospechar que la había cagado soberanamente en la única relación que podría completarle.
—No digas eso si no lo dices en serio, Paula —gruñó, atrayéndola más hacia sí. Ella enterró el rostro en su cuello, aspirando su delicioso aroma masculino.
—Lo digo en serio —susurró.
La abrazó fuerte. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que lo sintiera y pensara que le ocurría algo. Pero no pudo separarse.
Paula sintió que el corazón se le henchía del amor que sentía por aquel hombre. No podía creerse que hubiera entrado en su vida de una manera tan extraordinaria, pero lo amaba. En realidad no había pensado cuánto lo quería, pero cuando apareció así, de repente y sin dudas, supo que aquel era el hombre que quería tener en su vida. Era el príncipe azul que había llegado cabalgando en un corcel blanco, o en limusina en este caso, para ayudarla. Nunca supo que quería que un hombre la socorriera hasta que apareció Pedro. Pero lo amaba. Amaba su fuerza y su sabiduría. Aún no estaba segura de qué sentía él por ella, pero todo saldría bien.
Tenía que salir bien.
Llegaron a su hermosa casa, la dejó en su asiento y salieron de la parte trasera de la limusina. Tomó su mano y la condujo a través del recibidor. Sólo tardaron unos instantes en quedarse a solas de nuevo y ella se quedó ahí de pie, observándolo con nerviosismo. Acababa de abrirle su alma y él la había abrazado fuerte, pero no la había correspondido con las mismas palabras.
¿Se había equivocado con respecto a los sentimientos de Pedro? ¿Estaba haciendo una montaña de un grano de arena?
—No me mires así, Paula —dijo conduciéndola hacia su despacho.
Ella suspiró y esperó hasta que la puerta se cerró detrás de ellos.
—Vale, ahora que estamos solos, ¿qué tal si me cuentas qué está pasando?
Pedro se masajeó la nuca.
—Es lo justo —le dijo, quitándose la chaqueta y aflojándose la corbata.
Ella esperó inmóvil. Lo observó mientras iba de un lado a otro, y ni siquiera la increíble vista podía distraerla de la preocupación en los hermosos rasgos del hombre.— Pedro, me estás asustando. ¿Qué pasa?
Él la miró con los labios apretados.
—Mi padre tiene que ser el mayor cabrón de la historia, en serio — refunfuñó.
Aquello no era un buen comienzo, pensó ella.
—Vale, ¿qué ha hecho?
—Ha estado casado seis veces —le explicó, asintiendo cuando ella se quedó boquiabierta por la conmoción—. La primera fue mi madre. Yo nunca la conocí. Murió cuando nací y mi padre se casó en seguida con su segunda mujer.
Probablemente para aliviar el dolor de perder a mi madre, pero nunca lo ha dicho y en cualquier caso no me importa. Ya la has conocido. Es la mujer que has visto antes. Y no es la peor. Sólo fue la más lista. O tal vez la más afortunada.
Cuando no continuó, ella dijo:
—¿Cómo fue la más afortunada?
Él suspiró de nuevo y se apoyó contra el pesado escritorio.
—Cuando yo estaba en la universidad, mi padre dirigía la empresa familiar. Lo mejor que se puede decir de él es que es un romántico empedernido. Intentó encontrar el amor con todas sus fuerzas, pero lo hizo de una manera estúpida. Casándose con las peores mujeres que había.
—¿Las peores? —preguntó, tratando de bromear con él—. Seguro que no eran tan malas.
Él la miró y asintió con la cabeza.
—Mi madre murió cuando yo era pequeño. Para cuando mi padre se casó con su segunda mujer, yo ya tenía ocho años. Y me enviaron a un internado en Suiza.
Paula dio un grito ahogado.
—¡No! Con ocho años un niño es demasiado pequeño para estar sin sus padres —discutió.
—Estoy de acuerdo, excepto porque mi padre estaba fuera intentando derrumbar la empresa familiar y su mujer estaba demasiado ocupada follándose a todos los tíos con los que se topaba. A sus espaldas, por supuesto. Así que probablemente era mejor que yo sólo pasara los veranos en casa. Pero el tiempo que pasé a su alrededor fue suficiente para proporcionarme una buena educación.
Ella sacudió la cabeza. Sentía escalofríos recorriendo todo su cuerpo al pensar en los horrores que habría presenciado con sus propios ojos de niño.
—¿Qué tipo de educación?
Media sonrisa cínica se formó en sus apuestos rasgos y bajó la vista hacia ella.
—Del tipo que me hizo pensar que el matrimonio es para estúpidos.
A Paula definitivamente no le gustaba el rumbo que estaba tomando aquello.— Vale —respondió, esperando que continuara.
—Aquella segunda mujer fue muy lista, aunque el abogado que mi padre contrató para escribir el acuerdo prematrimonial fue más listo que ella. Se hizo con el treinta por ciento de la compañía. Pero si se quedaba embarazada, las acciones pasarían a manos del heredero de mi padre.
Paula lo miró confundida.
—Pero, ¿qué hay de ti? Pensaba que eras el dueño de la empresa.
Sus labios se comprimieron y Paula supo que al fin llegaban al quid de la cuestión. O eso esperaba.
—Yo heredé el treinta por ciento en mi vigesimoprimer cumpleaños. También fue el día en que me percaté de que la empresa estaba básicamente en quiebra. Mi padre no era un buen empresario. La empresa había pasado de tener
acciones por valor de unos mil millones de dólares cuando relevó a su padre a la edad de treinta años, a casi nada cuando yo heredé mi treinta por ciento.
El frío empezaba a calar en los huesos de Paula. Temía hacia dónde iba aquella historia.
—Vale, heredaste tu treinta por ciento, tu padre retuvo el treinta por ciento y los hijos de tu padre heredaron el otro treinta por ciento que esa… mujer tenía en fideicomiso. ¿Me he enterado bien hasta ahora?
—Sí —respondió con mirada sombría—. ¿Recuerdas al abogado listo?
—Sí —masculló.
—Él estipuló que si no nacían hijos del matrimonio de mi padre, ella se quedaría con las acciones. A no ser que yo tuviera un heredero.
En ese momento el frío caló aún más hondo en su cuerpo.
—Ya veo —susurró. O tal vez no viera nada. Estaba demasiado atónita. Tal vez sólo hubiera dicho las palabras en su mente porque ya no podía mirar a Pedro.
Tenía frío y sus palabras estaban haciendo que se sintiera peor.
Acababa de confesar su amor por aquel hombre y el había admitido que ese hijo, esa criatura preciosa que aún no había nacido y que crecía en sus entrañas, podría no haber sido más que su manera de recuperar el control absoluto de su empresa.
Se sentó, mirando el suelo fijamente.
—Paula, háblame —instó Pedro, agachándose para ponerse a su altura.
Ella alzó la vista y se lo encontró arrodillado enfrente de ella.
No tenía ni idea de cómo había llegado desde el otro lado de la habitación hasta allí, pero sintió un escalofrío y se abrazó como si necesitara calor.
—No sé muy bien qué decir —le dijo. Ni siquiera podía mirarlo a los ojos —. ¿Te importaría dejarme sola un rato? ¿Para procesar todo esto?
Pedro la miró. No quería dejarla sola. Quería cogerla y abrazarla. Quería hacerle el amor y demostrarle lo que sentía. Pero él no sabía qué sentía realmente.
Sabía que no iba a dejarla escaparse de su vida. Ella lo amaba y se iba a quedar con él. Aquello era una verdad absoluta. Pero aparte de eso, se encontraba en un terreno oscuro y desconocido.
—¿Vas a decirme qué estás pensando? —preguntó.
Empezó a tomar su mano, pero ella la apartó, diciéndole en silencio que no quería que la tocara. Él.
Paula abrió la boca, pero aquello dolía demasiado. ¿Sentía algo por ella?
¿Había sido ese su plan durante todo ese tiempo para recuperar el control de su empresa? Se le ocurrió una idea muy fea.
—¿Cuál era el problema de negocios que nuestra boda iba a solucionar? — inquirió. Los labios de Pedro se contrajeron y buscó sus ojos, deseando que hubiera alguna manera de no decirle aquello. Pero tenía que ser sincero. No estaba seguro
de por qué sentía la necesidad de contárselo todo, pero no quería que se enterara de ninguna otra manera.
—Mi padre accedió a traspasarme la propiedad de su treinta por ciento de la empresa después de casarme.
Aquel frío dañino caló todavía más hondo con aquellas palabras.
—Ya veo —le dijo y volvió a mirarse las manos. —Quiero irme a casa ahora. —Necesitaba a sus hermanas. Y necesitaba a sus sobrinas, su felicidad e inocencia puras. Necesitaba recordar que había bien en el mundo porque las palabras de Pedro y la forma en que había manipulado toda la relación la estaban haciendo dudar de todo.
Pedro sintió una opresión en el pecho con aquellas palabras.
—No.
Paula se sobresaltó como si la hubiera pegado y la opresión se estrechó en el pecho de Pedro. Inclinándose otra vez, tomó su mano, negándose a soltarla incluso cuando ella trató de retirarla.
—Lo siento, Paula. Pero no puedo dejar que te vayas. No sé qué podría hacer esa mujer. Haré que los investigadores privados de Mitch intenten localizarla y averigüen qué planea, pero hasta entonces necesito mantenerte a salvo.
Oyó sus palabras, pero por fin comprendió lo que quería decir.
—Tienes que mantener a tu heredero a salvo —dijo con un gesto autocrítico —. Lo comprendo.
Pedro se puso de pie y se alisó el pelo con la mano.
—¡NO! Esto no tiene nada que ver con el bebé. —Suspiró—. Quiero decir, sí tiene que ver. Pero no de la manera en que estás pensando.
Ella alzó la mirada, deseando con todas sus fuerzas que dijera las palabras que quería, que necesitaba oír.
—¿Cómo debería interpretarlo entonces? —preguntó.
Pedro le devolvió la mirada. Vio la esperanza, la chispa en sus ojos y supo que necesitaba decirle algo, pero no tenía ni idea de qué decir. Lo único que sabía era que no podía dejarla ir.
—Paula, esto es importante.
El corazón de ella se hundió una vez más y ella volvió a mirarse las manos fijamente. Era el único lugar seguro donde mirar.
—Sí. Ya lo veo.
Pedro sabía que había vuelto a meter la pata, pero no sabía qué decir.
Aquello era territorio desconocido para él.
martes, 5 de julio de 2016
CAPITULO 23 (PRIMERA PARTE)
Paula posó el plato sobre la mesa, con cuidado de llenar la bandeja equilibradamente.
—¿Estamos todos listos? —clamó. Había estado andando como en una nube de felicidad durante las últimas veinticuatro horas. Había ido al médico con Pedro y todo parecía marchar bien. ¡Incluso había oído el latido del bebé!
El doctor había dicho que harían un ultrasonido dentro de una o dos semanas, para asegurarse de que era un solo niño. La historia de partos múltiples de su familia era una causa de preocupación. Hicieron falta varios minutos para calmar la ansiedad de Pedro sobre ese comentario, diciéndole que su madre y su hermana habían tenido partos múltiples y todo había salido a la perfección.
Había ruido en la parte delantera de la tienda y Paula intentó mirar desde detrás de la pared que separaba la parte delantera de la tienda de las cocinas.
—¿¡Dónde está!? —exclamó una voz aguda de mujer.
Paula, Paola y Patricia se miraron unas a otras, preguntándose si las otras reconocían aquella voz. Cuando las tres se encogieron de hombros, Paula se acercó más a la puerta, pero sus hermanas, conocedoras de su embarazo, también dieron un paso adelante. Ninguna de las dos estaba dispuesta a dejar que Paula se enfrentara sola a lo que sonaba como una clienta enfadada.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó Paula, acercándose más para alejar a la iracunda mujer de Laura, que trabajaba en la tienda aquella tarde.
La mujer rubia, que parecía tener cincuenta y tantos, rodeó los mostradores de sándwiches, atravesando a Paula con la mirada. Pero cuando vio tres mujeres prácticamente idénticas, se detuvo sobre sus pasos.
—¿Qué diablos? —espetó—. ¿Cuál de vosotras es Paula Chaves? —exigió, frunciendo el ceño porque su ira se había postergado un momento.
Paula dio un paso al frente, furiosa con la mujer a la que no reconocía. Si la extraña hubiera sido una de sus clientas, Paula se habría preocupado de que la mujer no se sintiera satisfecha con su negocio. Sin embargo, al ser una extraña, no tenía ni idea de por qué aquella mujer se comportaba de manera tan poco apropiada.
—Yo soy Paula —empezó a decir «Chaves», pero ella y Pedro habían hablado de que utilizara su apellido ahora que había un bebé en camino. Aun así, sonaba raro decir «Alfonso», sobre todo porque no había tenido oportunidad de explicárselo todo a sus hermanas. Era una cuestión complicada contarles a sus hermanas que ya estaba casada. Había que medir con cuidado cuándo revelar una noticia de ese tipo.
Los ojos de la mujer se volvieron más malvados. Paula no había creído que fuera posible, pero parecía que aquella mujer era capaz de pegarla.
—¡Así que tú eres la zorra que está robando mi dinero!
Paula no tenía ni idea de qué hablaba. Con certeza, era demasiado mayor como para ser una de las amantes de Pedro. Le sacaba por lo menos veinte años.
—Disculpe, ¿podría ser más concreta? —Paula volvía a pensar que aquella mujer era una clienta—. ¿Nos hemos encargado del catering en alguna función suya recientemente?
Las manos de la mujer se agitaban salvajemente, haciendo que todas sus pulseras de oro, por no hablar de una docena o más de collares, tintinearan con fuerza.
—¡No seas estúpida! —dijo con desprecio, aguantando a duras penas una gran rabieta—. ¡Sabes perfectamente quién soy! ¡Y esa historia ridícula de que estás embarazada no va a funcionar! ¡Esas acciones son mías! ¡Yo me las gané! ¡Y ningún hijo bastardo de Pedro va a arrebatármelas! —Se acercó aún más. Paola y Patricia se acercaron igualmente, bloqueando el paso entre la mujer y su hermana. Parecía que iba a decir algo más, pero de repente fulminó con la mirada a las otras dos, que eran prácticamente idénticas a su enemiga, y cerró la boca de golpe.
—Creo que es mejor que se vaya —dijo Patricia con tono frío. Obviamente no iba a aceptar ninguna discusión con una loca que decía cosas sin sentido. Patricia siempre había sido la más valiente, pero Paula nunca se había sentido tan orgullosa de la energía y el coraje de su hermana. ¡Estaba gloriosa cuando se enfrentó a aquella extraña loca!
Desafortunadamente, la muy tarada la ignoró, manteniendo la vista fija únicamente en Paula.
—Sólo te ha dejado preñada para vengarse de mí. ¡Quería mis acciones y este niño es su forma de conseguirlas! ¡Pero no va a funcionar! El tiempo está de mi parte. Una de dos: o se demuestra que el embarazo es una farsa y conseguiré quedarme con mis valiosas acciones —dijo la mujer mirando la figura esbelta de Paula de arriba abajo porque, a todas luces, no creía que el embarazo fuera real—, o simplemente tendré que encargarme de manera más personal de este asunto. — Asintió con la cabeza para reforzar su afirmación—. Y, bueno, si algo llegara a ocurrir por accidente —dijo riendo—, y realmente estuvieras embarazada — continuó haciendo un aspaviento con la mano mientras sus pulseras tintineaban odiosamente reforzando sus aires de locura—, ¡ya no habría bebé! Y me quedaré con todas mis acciones. —Miró fijamente a las hermanas de Paula mientras su cara se volvía una horrible máscara de furia.
Patricia negó con la cabeza.
—El bebé es real —afirmó con énfasis—. Ninguna sabemos de qué habla sobre acciones, pero tengo bastante claro que acaba de amenazar el bienestar de mi hermana—. Se acercó más, girando los hombros hacia delante y hacia atrás como si estuviera preparada para enzarzarse en una pelea con aquella mujer—. Eso no es algo que nos tomemos a la ligera, señora.
Fuera quien fuera aquella mujer, la actitud de Patricia no sirvió para que bajaran los humos.
—Yo me casé con el padre de ese bastardo. Tuve que aguantar sus manos asquerosas por todo mi cuerpo. —Respiró hondo mientras cerraba los ojos tratando de calmarse—. Ahora veo que debería haberle dado un hijo—. Sorbió por la nariz y sacudió la cabeza como si la mera idea le repugnara—. Pero da igual. Aquello podría haberme salvado durante un tiempo, pero sigo teniendo el control. Hasta que ese bebé sea una realidad, no pienso permitir que tú o ese mocoso que está por nacer vayáis a ver ni un céntimo de las acciones. ¿Te enteras? —dijo inclinándose hacia delante y clavando su garra roja sobre Paula.
—Márchese —dijo Paola con más furia en su voz de la que Paula había oído en toda su vida—. Vamos a asegurarnos de conseguir una orden de alejamiento, así que salga de nuestra tienda.
La mujer se alisó el pelo rubio y volvió a inspirar profundamente.
—Encantada —dijo y se dio media vuelta. Sus pulseras de oro volvían a tintinear ruidosamente—. ¡Pero queda advertida, señorita!
El portazo hizo que las tres dieran un respingo. Paula era la que peor estaba. Se quedó mirando fijamente la puerta por la que se había marchado aquella vil mujer. No sabía qué pensar.
Patricia y Paola la miraron preocupadas.
—Tienes que llamar a Pedro —dijo Paola—. Tiene que saber con qué te ha amenazado esa mujer.
Paula asintió con la cabeza. Estaba de acuerdo, al menos en teoría, pero las otras cosas que había dicho… no tenían sentido.
—¿De qué acciones hablaba? —preguntó dejándose caer sobre una de las banquetas junto al mostrador.
Patricia y Paola se sentaron a su lado, rodeando sus hombros en un gesto de protección.
—Ni idea.
Paola miró a través de la sala por donde se había ido la rubia.
—Ni siquiera estoy segura de que esa mujer estuviera muy cuerda, Paula.
No gastaría mucha energía en intentar averiguar de qué iba.
Paula se mordió el labio inferior, deseosa de que las palabras de Paola fueran ciertas.
—Supongo que tienes razón. —Pero había algo en las palabras de aquella mujer, algo que le daba mala espina.
—No hagas una montaña de esto hasta que hables con Pedro —dijo Patricia apretando los hombros de Paula—. De hecho, ¿por qué no le llamas y le dices que venga a recogerte? No quiero que te quedes sola esta noche y no quiero que vengas al evento. No estoy segura de qué es capaz esa mujer, pero no puedes quedarte aquí sola y Pedro tiene que enterarse de lo que acaba de pasar.
Paola estaba de acuerdo.
—Yo estoy con Pato—dijo—. Llámale y deja que lo solucione. Si tiene algo que ver con acciones, él será capaz de averiguar la verdad. Es muy listo para esas cosas —dijo.
Ni Patricia ni Paula vieron la mirada triste en sus ojos mientras pensaba en otro hombre que también era muy bueno para los negocios y las acciones. Sacudiendo la cabeza, Paola se levantó—. Pase lo que pase, vas a tomarte
la noche libre. Así que llama a Pedro y dile que venga a buscarte. Ya llegamos bastante tarde.
Paula levantó el teléfono y llamó a Pedro mientras caminaba hacia su despacho para tener un poco de intimidad.
—Hola guapa —respondió Pedro con su voz grave.
Paula sonrió, pensando que sonaba como si estuviera sonriendo. De hecho, últimamente se le oía muy feliz cuando llamaba; no había sido siempre el caso con ese hombre.
Casi era cruel cuando se conocieron.
—Pedro —masculló, sintiéndose mejor con solo oír su voz—. Suenas bien —soltó abruptamente.
—¿Qué ocurre Paula? —preguntó con urgencia, oyendo al instante el temblor en su voz—. ¿Qué ha pasado?
Paula se rio, preguntándose cómo era posible que oyeran el estado de ánimo del otro sólo por el tono de voz—. Estoy bien, Pedro. Sólo que…
—No estás bien. Oigo que algo anda mal en tu voz. ¿Está bien el bebé?
—Sí. El bebé está bien —dijo, riéndose y cubriéndose el vientre con la mano —. Eso creo al menos. Ya ha entrado la tarde, así que las náuseas me han dado un respiro.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Suspiró y apoyó la cabeza sobre la pared.
—Una mujer ha venido hace unos minutos a la cocina. No estoy segura de qué problema tenía, pero parecía… —Paula dudó—. Bueno, parecía un poco enloquecida. Desequilibrada.
—¿De qué manera?
—Empezó a vociferar sobre unas acciones y… —se detuvo durante un instante— bueno, en realidad ha amenazado al bebé, Pedro. Al menos, ha sonado así. Probablemente le estoy dando demasiada importancia.
Se hizo un silencio momentáneo antes de que Pedro preguntara:
—¿Cómo era?
Paula se imaginó a la mujer.
—Muchas joyas de oro, pelo rubio, kilos de maquillaje, de unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Era muy guapa, pero estaba furiosa conmigo a pesar de que no la había visto en mi vida.
Pedro se incorporó en su asiento, estrechando los ojos.
—¿Dónde estás ahora? —exigió.
—En mi despacho.
—¿Hay alguien contigo?
—Sí. Pato y Paola están aquí.
—Bien. Voy para allá. Y voy a encargar a alguien que vigile el edificio.
A Paula no le gustó cómo sonaba aquello. Hacía que su miedo ante la visita de aquella mujer fuera demasiado real.
—¿Qué está pasando?
—Quédate ahí, Paula. Estoy de camino.
Paula no sabía qué pensar pero se metió el teléfono en el bolsillo y volvió a salir. Patricia y Paola hablaban en voz baja, claramente intentando encontrar un plan, porque dejaron de hablar en cuanto salió Paula.
—Sea lo que sea lo que estéis planeando, ¡no lo hagáis! —les dijo obligándose a sonreír—. Las dos os vais al evento de esta noche. Melissa puede encargarse de mi parte y Pedro viene aquí a ayudarme. Así que ni se os ocurra pensar en saltaros el evento. No podemos permitírnoslo ahora mismo.
—Olvídate de los asuntos de negocios, Paula —dijo Patricia cruzándose de brazos—. Tu seguridad es más importante que un evento de catering.
—¡Vais a ir! —ordenó con su mejor imitación de la voz de Pedro, con los puños cerrados y los brazos en jarra mientras fulminaba a sus hermanas con la mirada.
—Nos quedamos para protegerte hasta que llegue Pedro —contraatacó Paola, imitando la postura de Paula.
—Ya estoy aquí —dijo una voz grave desde detrás de ella.
Las tres mujeres se dieron la vuelta para mirar cuando Pedro atravesaba la puerta. Paula estaba anonadada.
—¿Cómo has llegado tan rápido? Acabo de hablar contigo por teléfono hace menos de cinco minutos.
Pedro la cogió en sus brazos y la besó en la frente.
—Estaba de camino a una reunión cerca de aquí y simplemente giré en esta dirección. —Miró a Paola y a Patricia y asintió—. Gracias, señoritas. Tengo un equipo de seguridad de camino para vigilar la casa tanto tiempo como haga falta. Mis abogados están solicitando una orden de alejamiento y vamos a presentar cargos contra la mujer por proferir una amenaza física. —Su mirada se endureció —. Es posible que vosotras tengáis que testificar, pero intentaré que esto se quede fuera de los juzgados.
Patricia sonrió radiante.
—Oh, yo espero que vaya a los juzgados. ¡Me encantaría ver la cara de esa mujer cuando la acusen!
Paola se rio por lo bajo.
—¿Te imaginas la expresión del juez o de la jueza cuando ordene a la mujer que se quite todas esas pulseras tan ruidosas?
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